Raúl Moreno Ceo de Nexgen Intelligence
Una de las ideas más contraintuitivas es que la electrificación, por sí sola, no asegura ni la sostenibilidad ni la neutralidad climática.
Este planteamiento no busca restar valor a la relevancia de los EVs en la transición energética, sino poner sobre la mesa la necesidad de analizar el tema desde una perspectiva integral, que considere tanto el origen de la energía como los impactos sociales y ambientales a lo largo de todo el ciclo de vida de los vehículos.
La electrificación sin transición energética
Uno de los puntos centrales del argumento es que el simple hecho de sustituir motores de combustión por baterías eléctricas no resuelve el problema de las emisiones si la electricidad que los alimenta sigue proviniendo mayoritariamente de combustibles fósiles como carbón, gas o petróleo.
En países donde la matriz energética todavía depende de estas fuentes, el balance de emisiones de CO₂ puede ser menos favorable de lo esperado.
La verdadera sostenibilidad de los EVs depende, en gran medida, de que la transición hacia energías renovables ocurra al mismo tiempo que la electrificación del parque vehicular.
Si los EVs se cargan con electricidad generada a partir de carbón, la reducción de emisiones, aunque ya es considerable y no localizada en grandes centros urbanos la no aprovecha todo el potencial en capacidad de reducción de emisiones
El ciclo de vida completo
También está la importancia de evaluar el ciclo de vida completo de los vehículos eléctricos. La extracción de minerales críticos como litio, cobalto y níquel conlleva impactos ambientales y sociales que no pueden ser ignorados.
La minería a gran escala altera ecosistemas, consume enormes cantidades de agua y, en ciertos casos, ha sido vinculada a prácticas laborales cuestionables.
Además, la fabricación de baterías implica procesos industriales intensivos en energía, lo que aumenta la huella de carbono inicial de los EVs en comparación con los autos de combustión.
A esto se suma el reto del reciclaje y la gestión de baterías al final de su vida útil, un campo que aún enfrenta limitaciones tecnológicas, logísticas y regulatorias.
Si bien es cierto que, a lo largo de su uso, los EVs suelen emitir menos CO₂ que un vehículo a gasolina, la fotografía completa es más compleja y obliga a considerar externalidades que van más allá de las emisiones directas en carretera.
La sustitución masiva no es suficiente
Otro aspecto fundamental a analizar es que la sustitución masiva de autos de combustión por eléctricos no resuelve problemas estructurales de la movilidad.
El tránsito congestionado, el uso intensivo del espacio urbano para estacionamiento y vialidades, o la inequidad en el acceso a la movilidad persisten independientemente de que los autos sean eléctricos o a gasolina.
Un ejemplo claro es el de las grandes ciudades que ya experimentan altos niveles de congestión vehicular: electrificar el parque automotor puede reducir la contaminación local, pero no descongestiona las avenidas ni recupera espacio público para peatones y ciclistas.
Tampoco garantiza que las poblaciones de menores ingresos tengan acceso a una movilidad asequible, pues los costos iniciales de los EVs continúan siendo elevados en comparación con otras alternativas de transporte.
La visión sistémica de la sostenibilidad
El libro plantea que la verdadera sostenibilidad requiere un enfoque mucho más amplio que trascienda la tecnología del vehículo. Para ello, se proponen varias líneas de acción que deben integrarse de manera simultánea:
- Energías renovables: Asegurar que la electricidad provenga cada vez más de fuentes limpias como solar, eólica o hidroeléctrica, reduciendo la huella de carbono de la carga de los EVs.
- Transporte público eficiente: Priorizar la inversión en sistemas de transporte masivo de calidad, capaces de reducir la dependencia del vehículo privado.
- Movilidad compartida: Impulsar modelos de carsharing, ridehailing y micromovilidad que optimicen el uso de cada vehículo y reduzcan la cantidad total de unidades en circulación.
- Políticas urbanas inteligentes: Rediseñar las ciudades para favorecer la proximidad, el transporte activo (caminar, bicicleta) y la recuperación de espacio público frente al dominio del automóvil.
Estas estrategias, combinadas con la electrificación, permiten construir un modelo de movilidad más justo, sostenible y resiliente frente a los desafíos climáticos.
Desafiando la narrativa simplista
En este sentido, la idea más disruptiva es desafiar la narrativa simplista de que “electrificar es suficiente”.
Este enfoque ha sido ampliamente promovido tanto por la industria automotriz como por políticas públicas que, en ocasiones, se limitan a incentivar la compra de EVs sin articular medidas complementarias.
El riesgo de adoptar esta visión reduccionista es doble: por un lado, genera una falsa sensación de que el problema climático está siendo atendido únicamente con la electrificación; por otro, posterga decisiones más profundas relacionadas con el rediseño de sistemas energéticos y urbanos.
La transición hacia la movilidad sostenible no puede entenderse únicamente como un cambio tecnológico, sino como una transformación cultural, económica y política que redefine cómo nos desplazamos y cómo organizamos nuestras ciudades.
El reto de la implementación
Por supuesto, reconocer la complejidad no significa frenar la electrificación. Al contrario, implica diseñar políticas y estrategias empresariales más ambiciosas y coordinadas.
Esto incluye desde la inversión en infraestructura de carga alimentada con energías limpias, hasta la regulación de la cadena de suministro de minerales bajo estándares ambientales y sociales más estrictos.
Asimismo, se requiere un esfuerzo coordinado entre gobiernos, empresas y sociedad civil para garantizar que los beneficios de la electromovilidad no se concentren en unos pocos, sino que contribuyan a una movilidad más equitativa y accesible.
La electrificación del transporte es, sin duda, una pieza esencial en la lucha contra el cambio climático. Pero creer que basta con reemplazar motores de combustión por baterías es caer en una ilusión peligrosa.
La sostenibilidad auténtica requiere integrar energías renovables, fortalecer el transporte público, fomentar la movilidad compartida y rediseñar nuestras ciudades bajo criterios de inclusión y resiliencia.
La movilidad sostenible no puede reducirse a la tecnología de un vehículo; es el resultado de una visión sistémica donde cada componente: energía, ciudad, sociedad y cultura desempeñan un papel fundamental.
Y solo cuando todos esos elementos se alinean podremos hablar de una verdadera transformación hacia la neutralidad climática.
Este artículo ha sido escrito por Raúl Moreno, experto en movilidad sostenible y colaborador en nuestra sección columna de opinión.