Siete años después, Tesla no tiene respuesta para el HW3: promesas, límites técnicos y presión legal

Tesla tiene un problema con las personas que pagaron 7.000 euros por la conducción autónoma hace años y ahora el hardware de su coches no es compatible con el nuevo FSD.

Siete años después, Tesla no tiene respuesta para el HW3 promesas, límites técnicos y presión legal

La escena es tan simple como reveladora. Un cliente llama al servicio de atención de Tesla para preguntar por una función que pagó hace siete años.

No pide un milagro ni una promesa futurista: quiere saber cuándo recibirá algo que ya abonó en 2019. Al otro lado del teléfono, tras varias consultas internas, la respuesta se reduce a tres palabras: “ten paciencia”. Minutos después, su caso queda automáticamente cerrado y recibe un correo con un enlace para probar otro coche.

La anécdota, protagonizada por el neerlandés Mischa Sigtermans, se ha convertido en el símbolo de un problema mucho más amplio que empieza a tomar forma de conflicto estructural en Europa.

Sigtermans no es un cliente cualquiera. Es uno de los primeros propietarios del Tesla Model 3 en Países Bajos, adquirido en 2019, cuando la marca aceleraba su expansión en el continente.

Como tantos otros, añadió a su compra el paquete de conducción autónoma total, el conocido Full Self-Driving (FSD), por el que pagó 6.400 euros.

En aquel momento, la propuesta de Tesla era clara: el coche ya contaba con el hardware necesario y las capacidades completas se activarían con el tiempo mediante actualizaciones de software.

No se trataba de una promesa vaga, sino del eje central de una estrategia comercial que durante años presentó al vehículo como una plataforma en evolución.

Siete años después, esa narrativa se enfrenta a una realidad mucho más compleja. La reciente aprobación del sistema FSD en versión supervisada en Países Bajos el primer paso tangible hacia su despliegue en Europa ha puesto negro sobre blanco una limitación crítica: solo los vehículos equipados con el hardware más reciente, conocido como HW4 o AI4, pueden ejecutar esta versión del sistema.

Los modelos anteriores, dotados del denominado HW3, quedan fuera. Y no se trata de una minoría. Según distintas estimaciones, hay cerca de cuatro millones de vehículos en todo el mundo con este hardware, miles de ellos en Europa y también en España.

La conversación de Sigtermans con Tesla, que decidió grabar y compartir, ilustra el vacío actual. A la pregunta directa sobre cuándo llegará el FSD a los coches con HW3, la respuesta fue que no existe información, ni siquiera sobre si llegará a implementarse.

Cuando pidió aclaraciones sobre qué había comprado exactamente en 2019, la compañía respondió que adquirió la “capacidad de conducción autónoma total”, una formulación que figura en su factura.

No hay menciones a versiones limitadas, supervisadas o condicionadas por futuras restricciones técnicas. Esa ambigüedad semántica, aparentemente menor en su momento, se ha convertido ahora en uno de los puntos más sensibles del conflicto.

El trasfondo técnico no es nuevo, pero sí cada vez más explícito. El HW3, introducido precisamente en 2019 como “FSD Computer 3.0”, fue presentado como un salto decisivo, supuestamente suficiente para alcanzar la conducción autónoma completa mediante software.

Sin embargo, con la llegada del HW4 a finales de 2023, la brecha entre generaciones comenzó a hacerse evidente. En agosto de 2024, el vicepresidente de inteligencia artificial de Tesla, Ashok Elluswamy, reconoció que el hardware anterior ejecuta versiones más pequeñas del modelo, recurriendo a atajos matemáticos para emular operaciones que el sistema más moderno procesa de forma nativa.

La confirmación definitiva llegó en enero de 2025, cuando Elon Musk admitió durante una presentación de resultados que sería necesario reemplazar los ordenadores HW3 en los vehículos donde se hubiera adquirido el FSD.

Calificó ese proceso como “doloroso y difícil”, una declaración que, lejos de cerrar el debate, lo abrió de par en par. Quince meses después, no existe un programa público de sustitución, ni una política de reembolsos, ni un calendario claro.

En su lugar, la compañía ha deslizado la posibilidad de una solución intermedia: una versión reducida del software, conocida como “v14 Lite”, que en teoría podría funcionar en el hardware antiguo.

El problema es que esa alternativa no solo se aleja de la promesa original, sino que plantea dudas sobre su viabilidad. Incluso documentación de la propia Tesla, como una patente reciente, reconoce que estos enfoques pueden hacer que el sistema resulte “inoperativo” en determinadas condiciones.

En paralelo, conviene recordar que el FSD actualmente disponible sigue siendo un sistema de asistencia a la conducción de nivel 2, que requiere supervisión constante del conductor y está lejos de la autonomía total que durante años formó parte del discurso comercial de la marca.

La situación ha adquirido una nueva dimensión con la activación regulatoria en Europa. La homologación concedida por la autoridad neerlandesa (RDW) el 10 de abril de 2026, bajo el marco de la normativa UN R-171, no solo valida el sistema, sino que lo hace visible.

Por primera vez, los propietarios pueden ver que la función existe y funciona… pero no en sus vehículos. Esa diferencia tangible transforma una promesa incumplida en un perjuicio concreto y medible.

En este contexto, lo que comenzó como una reclamación individual ha evolucionado rápidamente hacia una iniciativa colectiva. Sigtermans ha impulsado la plataforma hw3claim.nl para agrupar a los afectados en toda Europa.

En apenas una semana, unos 3.000 propietarios de 29 países se han registrado, representando alrededor de 6,5 millones de euros pagados por el FSD.

El objetivo es reclamar una compensación de unos 6.800 euros por persona, una cifra alineada con el coste del paquete en el momento de la compra.

El caso adquiere especial relevancia en el marco jurídico europeo. A diferencia de Estados Unidos, donde Tesla ha recurrido con frecuencia a la defensa conocida como corporate puffery argumentando que sus afirmaciones sobre la conducción autónoma son declaraciones genéricas de optimismo, la Unión Europea exige una conformidad mucho más estricta entre lo anunciado y lo entregado.

La Directiva 2020/1828, en vigor desde 2023, refuerza además los mecanismos de acción colectiva, facilitando que grupos de consumidores reclamen de forma conjunta.

No se trata de un riesgo teórico. En agosto de 2025, un jurado estadounidense ya rechazó esa línea de defensa en el caso Benavides contra Tesla, con una condena de 243 millones de dólares. Y en octubre del mismo año, miles de propietarios en Australia iniciaron una demanda colectiva similar, vinculada directamente a las limitaciones del HW3. Europa, con un marco regulatorio más protector para el consumidor, podría convertirse en un escenario aún más exigente para la compañía.

España no queda al margen de este proceso. Aunque el FSD aún no está formalmente desplegado, el principio de reconocimiento mutuo dentro de la Unión Europea apunta a que su aprobación se extenderá en los próximos meses, previsiblemente este verano. Cuando eso ocurra, los vehículos con HW4 podrán activar el sistema, mientras que los propietarios con HW3 seguirán excluidos. Por ahora, Tesla no ha comunicado planes específicos para este grupo en el mercado español.

Los afectados cuentan con varias vías. Desde sumarse a iniciativas europeas como la liderada desde Países Bajos, hasta presentar reclamaciones individuales o canalizar acciones colectivas a través de organizaciones de consumidores. Más allá del recorrido judicial, el volumen potencial del problema es significativo.

Algunas estimaciones sitúan la exposición financiera global de Tesla por este tipo de litigios entre 2.700 y 14.500 millones de dólares, aunque la cifra final dependerá de múltiples factores, desde el número de demandantes hasta las resoluciones en cada jurisdicción.

Sin embargo, el impacto no es únicamente económico. Hay un componente reputacional difícil de cuantificar. Los propietarios afectados no son clientes ocasionales, sino en muchos casos los primeros adoptantes de la marca en Europa, quienes confiaron en una tecnología incipiente y aceptaron pagar por adelantado por una funcionalidad futura.

Durante años, Tesla construyó una relación directa con ellos, apoyada en una narrativa de innovación continua y mejora constante mediante software.

La llegada efectiva del FSD a Europa ha convertido una expectativa difusa en una comparación inmediata: hay coches que ya pueden utilizar el sistema y otros, que pagaron por lo mismo, que siguen esperando.

Ahí reside el verdadero punto de inflexión. El debate ya no gira en torno a si la conducción autónoma total es técnicamente viable o cuándo llegará, sino sobre el cumplimiento de un compromiso comercial concreto.

En un mercado como el europeo, donde la protección al consumidor tiene un peso creciente, esa diferencia puede resultar decisiva.

Para Tesla, el desafío no es solo técnico, sino también legal e industrial: definir cómo gestionar una base de clientes que compró futuro… y que ahora exige presente.