Este cambio hacia la nueva movilidad permitirá evitar alrededor de 14.700 toneladas de CO2 al año.

Copenhague ha dado por terminada una de las transformaciones más ambiciosas de su sistema de transporte público.
Desde el 29 de marzo, las 42 líneas de autobús financiadas por el ayuntamiento funcionan exclusivamente con vehículos eléctricos, después de que las rutas 19 y 5C, las dos últimas que seguían utilizando otras tecnologías, hayan pasado finalmente a operar con autobuses de batería.
La capital danesa se convierte así en una de las primeras grandes ciudades europeas en eliminar por completo las emisiones directas de CO2 de su red municipal de autobuses.
El cambio pone fin a un proceso iniciado hace una década, cuando en 2016 el consistorio aprobó un plan para sustituir progresivamente toda la flota urbana por vehículos sin emisiones en el tubo de escape.
Durante estos diez años, la transición se ha desarrollado de forma gradual. Ruta tras ruta, los antiguos autobuses diésel fueron desapareciendo de las calles de la ciudad.
Más adelante también se sustituyeron los vehículos alimentados con biogás, considerados durante años una solución intermedia para reducir el impacto ambiental del transporte urbano.
Las dos últimas líneas pendientes eran precisamente la 19 y la 5C. La primera conecta Glostrup Station con Frederiksberg y Valbyparken, atravesando parte del área metropolitana de la capital.
La segunda tiene una importancia mucho mayor dentro del sistema de transporte de la ciudad. La 5C está considerada la línea de autobús más transitada de Dinamarca, con alrededor de 17 millones de pasajeros al año.
Hasta ahora, la 5C utilizaba autobuses impulsados por biogás. Había adoptado esta tecnología en 2017, cuando todavía la electrificación total de una línea tan exigente parecía complicada desde el punto de vista técnico y operativo.
Sin embargo, la mejora de las baterías, la mayor disponibilidad de infraestructura de recarga y la reducción del coste de los autobuses eléctricos han permitido que incluso una de las rutas más intensas y exigentes del norte de Europa pueda funcionar exclusivamente con electricidad.
Para completar la conversión, Movia, el operador encargado del transporte público en gran parte de la isla de Selandia, ha incorporado 15 nuevos autobuses eléctricos para la línea 19 y otros 37 vehículos eléctricos para la 5C.
Con ello, la totalidad de los servicios municipales de autobús de Copenhague pasa a operar sin emisiones locales.
La alcaldesa de Copenhague, Sisse Marie Welling, celebró el cambio como uno de los hitos más relevantes de la política ambiental de la ciudad.
Según explicó, la lucha por un aire más limpio ha sido una de sus prioridades desde su llegada a la política local.
«La lucha por un aire más limpio ha sido un tema clave para mí desde que entré en política, y por eso estoy muy contenta de que hayamos completado la transición a autobuses 100% eléctricos. Es un gran hito que Copenhague sea ahora una ciudad en la que el transporte público es ecológico y no contamina ni emite CO2», afirmó la responsable municipal.
Más allá del impacto simbólico, el ayuntamiento calcula que la electrificación completa de la red permitirá evitar alrededor de 14.700 toneladas de CO2 al año.
La cifra corresponde únicamente a las emisiones directas eliminadas por la desaparición de los motores térmicos de los autobuses urbanos.
El beneficio no se limita al clima. Los nuevos vehículos tampoco emiten óxidos de nitrógeno, conocidos como NOx, ni partículas procedentes de la combustión.
Ambos contaminantes están estrechamente relacionados con problemas de calidad del aire en entornos urbanos densos y con enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
En una ciudad como Copenhague, donde una parte importante de las rutas atraviesa zonas céntricas muy transitadas y áreas residenciales, la sustitución de los autobuses convencionales por eléctricos tiene un efecto especialmente visible.
La reducción del ruido es otra de las consecuencias inmediatas de la electrificación. Frente al funcionamiento de los motores diésel o de gas, los autobuses eléctricos generan menos vibraciones y un nivel sonoro considerablemente inferior, especialmente en las arrancadas y paradas continuas propias del tráfico urbano.
La decisión de electrificar completamente las 42 líneas de autobús fue adoptada por el ayuntamiento en 2016. En aquel momento, el objetivo parecía particularmente ambicioso.
El mercado europeo de autobuses eléctricos apenas comenzaba a despegar y la mayoría de las ciudades seguían considerando esta tecnología como una alternativa limitada a pequeños proyectos piloto.
Copenhague, sin embargo, optó por fijar una hoja de ruta clara. El plan consistía en sustituir progresivamente todos los vehículos a medida que vencían los contratos de explotación o se renovaban las flotas.
La estrategia evitó una sustitución brusca y permitió desplegar la infraestructura de recarga de forma escalonada.
Hace dos años, la ciudad anunció que aproximadamente el 90% de las líneas ya funcionaban con autobuses eléctricos de batería y que la transición total estaría terminada en 2025.
Finalmente, el proceso se ha completado con un ligero retraso, ya que la conversión definitiva de las líneas 19 y 5C se ha producido en marzo de 2026.
Pese a ello, la demora es reducida si se compara con el calendario inicial de otras administraciones europeas.
En la práctica, Copenhague ha conseguido electrificar toda su red antes que la mayoría de grandes capitales del continente, donde todavía conviven autobuses eléctricos con una parte importante de la flota diésel.
La transformación de la capital danesa también tiene un efecto directo sobre el conjunto de la red gestionada por Movia.
El operador, que trabaja para 45 municipios y dos regiones de Selandia, ha elevado ya la proporción de autobuses eléctricos hasta el 72% de toda su flota.
Jeppe Gaard, director de transporte de Movia, destacó precisamente que el proyecto de Copenhague ha servido como acelerador para el resto de la región.
Según recordó, en 2016 los municipios y regiones propietarios del operador fijaron como objetivo que la mitad de todos los autobuses funcionara con electricidad en 2030.
La meta se alcanzó mucho antes de lo previsto. En 2024, seis años antes de la fecha establecida, el 50% de la flota de Movia ya era eléctrica. Ahora, con la incorporación de las últimas unidades en Copenhague, el porcentaje total ha escalado hasta el 72%.
«Es un hito histórico», aseguró Gaard. «Cuando logramos avanzar tan rápido en la transición a los autobuses eléctricos, se debe en gran medida a que los 45 municipios y las dos regiones de Selandia respaldaron desde el primer día el objetivo aprobado en 2016».
El caso de la línea 5C resulta especialmente significativo porque demuestra que los autobuses eléctricos ya pueden cubrir sin dificultades incluso los servicios más intensos.
Esta línea no solo es la más utilizada de Dinamarca, sino también una de las más exigentes del norte de Europa por frecuencia, duración del recorrido y volumen de pasajeros.
Durante años, muchos operadores consideraron que las rutas de alta demanda seguirían necesitando autobuses diésel, híbridos o de gas por la autonomía limitada de las baterías.
La experiencia de Copenhague apunta en la dirección contraria. La llegada de 37 nuevos autobuses eléctricos a la 5C indica que la tecnología ha alcanzado un grado de madurez suficiente para reemplazar por completo a los vehículos convencionales incluso en las líneas más complejas.
La cuestión es relevante porque refleja una de las principales dificultades de la electrificación del transporte público: no basta con adquirir vehículos nuevos.
También es necesario adaptar cocheras, instalar sistemas de carga, reorganizar turnos y mantener una pequeña capacidad de reserva para situaciones imprevistas.
En el caso de Copenhague, la transición se ha apoyado en una implantación progresiva de la infraestructura.
Las líneas fueron cambiando de tecnología a medida que existían instalaciones de recarga suficientes y que los operadores podían garantizar la disponibilidad de los nuevos vehículos.
Esta planificación ha evitado interrupciones importantes del servicio y ha permitido que el cambio se realice sin grandes alteraciones para los pasajeros.
La experiencia danesa llega además en un momento en el que las ciudades europeas afrontan una presión creciente para reducir las emisiones del transporte.
Las restricciones al tráfico en los centros urbanos, las zonas de bajas emisiones y los objetivos climáticos de la Unión Europea están obligando a replantear el papel de los autobuses diésel en el transporte público.
Frente a ello, la electrificación de las flotas urbanas aparece cada vez más como la solución dominante. Los costes de operación de los autobuses eléctricos son inferiores a los de los modelos diésel, especialmente en mantenimiento y energía, mientras que la mejora de las baterías ha reducido buena parte de las limitaciones que existían hace solo unos años.
Copenhague no ha sido la primera ciudad europea en introducir autobuses eléctricos, pero sí una de las primeras en llevar la estrategia hasta sus últimas consecuencias.
La capital danesa demuestra que una red urbana completa puede funcionar con electricidad incluso en una ciudad con inviernos fríos, una elevada demanda de transporte y líneas de gran intensidad.
La importancia de esta noticia va más allá de Dinamarca. La conversión de Copenhague ofrece una referencia concreta para otras ciudades europeas que todavía dudan sobre la viabilidad de electrificar todo su sistema de autobuses.



