Un estudio revela grandes desigualdades entre los distintos costes de tener un camión según el país de Europa.

Un nuevo estudio publicado por SNAP, una empresa especializada en soluciones digitales para la movilidad profesional, pone sobre la mesa una pregunta clave en el debate del transporte sostenible: ¿realmente compensa económicamente pasarse al camión eléctrico en Europa? .
La respuesta, según los datos, es un contundente “depende de dónde estés”. La comparación de costes entre recargar un camión eléctrico y repostar uno diésel revela que la ventaja de costes no es uniforme en todo el continente y que, en muchos casos, el ahorro prometido se diluye según el país en que opere la flota.
La investigación cubrió 35 países europeos, analizando el coste medio de la electricidad industrial frente al precio del diésel, tomando como referencia un consumo de 108 kWh por cada 100 km para los camiones eléctricos, frente a los 35 litros por cada 100 km para los camiones diésel.
El resultado es tan desigual como sorprendente: Islandia lidera el ranking con un ahorro de 61,03 euros por cada 100 km recorridos en camión eléctrico, mientras que Croacia cierra la tabla con un ahorro de apenas 19,96 euros por la misma distancia.
España, que aspira a ser neutra en carbono para 2050, se sitúa en el puesto 18, justo en la mitad de la tabla, con un ahorro estimado de 32,20 euros por cada 100 km.
A primera vista, la cifra parece alentadora, pero si se compara con los países escandinavos o incluso con Portugal, que logra 40,91 euros por cada 100 km, se percibe una diferencia notable que podría condicionar la decisión de muchas empresas de transporte a la hora de apostar por la electrificación de su flota.
El estudio cobra aún más relevancia cuando se consideran los objetivos medioambientales que Europa se ha marcado para las próximas décadas.
Según datos de McKinsey & Company, para 2030 se necesitarán más de 300.000 puntos de recarga públicos y privados solo para abastecer a los camiones medianos y pesados, mientras que actualmente apenas hay unos 10.000 instalados.
La brecha en infraestructura es evidente, y amenaza con frenar una transición que, aunque deseada, aún enfrenta numerosos obstáculos logísticos, técnicos y financieros.
Nick Renton, director de estrategia de SNAP para Europa, lo resume así: “Nuestra investigación reveló discrepancias en Europa de hasta un 54% entre los países con el mayor y menor ahorro al recargar un vehículo eléctrico pesado.
A medida que la industria trabaja para cumplir los objetivos ambientales, es imperativo que los operadores y conductores de flota tengan la confianza y la infraestructura necesarias para la transición a vehículos eléctricos”.
Y es que, más allá del ahorro teórico por cada 100 km, hay factores que no se pueden ignorar. La escasez de puntos de recarga, los altos costes iniciales de los camiones eléctricos, la fiabilidad de la red eléctrica o la necesidad de formación específica para los conductores son barreras muy reales.
Renton añade: “Queremos que los líderes del sector apoyen a los operadores y conductores de flota a superar algunos de los retos que presenta la adopción de vehículos eléctricos, como la infraestructura limitada, puntos de carga poco confiables y costos iniciales elevados”.
La situación genera un escenario en el que las flotas más grandes, con mayor capacidad de inversión y acceso a infraestructuras privadas, son quienes más pueden beneficiarse de esta transición.
Las pequeñas empresas de transporte, especialmente en países con menores ahorros como Croacia, Chipre o Moldavia, podrían ver cómo la promesa de sostenibilidad choca con la cruda realidad económica.
Mientras tanto, en España, el avance hacia un transporte libre de emisiones continúa a paso firme pero con cautela.
El país ha logrado reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 39,3 % entre 2005 y 2023, superando la media europea del 30,5 %.
Aun así, los expertos señalan que para mantener este ritmo y alcanzar la neutralidad en carbono en 2050, no bastará con una buena intención política: será clave invertir en una red de recarga robusta, accesible y fiable, especialmente en los corredores logísticos más transitados.
También será fundamental mejorar la tecnología de baterías, aumentar la autonomía de los camiones eléctricos, y, sobre todo, ofrecer garantías económicas y operativas a quienes se juegan su rentabilidad diaria en cada kilómetro recorrido. El ahorro energético debe ser tangible y no una promesa sobre el papel.
Finalmente, aunque el biocombustible se perfila como una alternativa útil durante la transición, el consenso del sector parece claro: el futuro es eléctrico, pero todavía queda mucho por resolver.
¿Puede Europa permitirse una electrificación a dos velocidades? .¿Es justo que el lugar donde opera una flota determine su acceso a una movilidad más barata y ecológica?
Estas son las preguntas que ahora flotan en el aire, mientras el sector del transporte se enfrenta al mayor reto de su historia reciente.
Las respuestas, sin duda, marcarán el futuro del transporte de mercancías en todo el continente.
Etiqueta: camiones eléctricos.





