Para las personas que están en el mercado regulado, gracias a las renovables, la subida será bastante leve.

La subida del precio de la electricidad vuelve a escena, pero su impacto real será mucho más limitado de lo que puede parecer a simple vista.
Según los últimos datos, este encarecimiento afectará únicamente a una parte concreta de los consumidores: aquellos acogidos al mercado regulado que, además, no cuentan con el bono social.
En términos generales, este grupo representa aproximadamente un 22% del total. Es decir que a mayoría de residentes en España, no les afecta ninguna subida de la electricidad.
Para estos usuarios, el incremento sí será notable. La factura eléctrica experimentará una subida cercana al 20% respecto al mes de febrero, y alrededor de un 11% si se compara con el mismo periodo del año anterior.
Un ajuste que vuelve a poner el foco en la volatilidad del sistema regulado, más expuesto a los cambios del mercado energético.
En el lado opuesto se sitúan los consumidores del mercado libre. En su caso, la subida no tendrá impacto directo, ya que disponen de precios previamente pactados con sus comercializadoras.
Esto significa que, salvo que llegue el momento de renovar el contrato, sus facturas se mantendrán estables. Precisamente ahí estará la clave: en revisar las condiciones cuando toque renegociar, ya que será entonces cuando podrían notar el efecto del encarecimiento.
El origen de esta subida se encuentra principalmente en la generación eléctrica a partir de gas. Sin embargo, el impacto final se ha visto contenido gracias al peso creciente de las energías renovables en el mix energético. Esta mayor presencia de fuentes limpias actúa como un amortiguador que evita subidas más pronunciadas.
Además, conviene aclarar que el encarecimiento del gas no responde a un suministro directo desde Irán. En realidad, el mercado energético global funciona como un sistema interconectado, donde cualquier tensión o variación en una región puede acabar trasladándose al resto.
Es el conocido “efecto bola de nieve”, que termina repercutiendo en los precios finales incluso sin una relación directa con el origen del suministro.
En paralelo, los carburantes sí están viviendo una escalada mucho más directa y visible. La gasolina se ha situado en una media de 1,709 euros por litro en los surtidores españoles, mientras que el diésel alcanza los 1,837 euros. Esto supone un encarecimiento del 16% en el caso de la gasolina y del 29% en el diésel respecto a antes del inicio de los bombardeos sobre Teherán.
Son subidas incluso superiores a las registradas hace cuatro años, cuando en las primeras semanas del conflicto entre Rusia y Ucrania los incrementos fueron del 12% para la gasolina y del 20% para el diésel.
Aun así, los precios actuales todavía no han alcanzado el máximo histórico de 2022, cuando en junio la gasolina llegó a los 2,141 euros por litro y el diésel a los 2,100 euros.
Detrás de este repunte está el comportamiento del petróleo, que ha superado los 110 dólares por barril en un contexto marcado por el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del crudo mundial, y los ataques a infraestructuras energéticas. Solo medidas de emergencia, como la liberación de reservas estratégicas, han contenido una subida aún mayor.
Eso sí, conviene diferenciar ambos fenómenos: aunque coincidan en el tiempo, la subida de la luz y la de los carburantes no responden a las mismas causas ni tienen una relación directa.
Mientras la electricidad está condicionada en este caso por el precio del gas dentro del sistema marginalista, los combustibles dependen casi exclusivamente del mercado internacional del petróleo.
La presión sobre el bolsillo de los consumidores llega por dos vías distintas, pero con intensidades muy diferentes. La electricidad sube de forma selectiva y limitada, mientras que los carburantes reflejan con mayor crudeza la tensión global del mercado energético.





